Desde que empecé con los artículos sobre eBook readers o lectores de libros digitales hubo muchos cambios. Cambios en precios, nuevos modelos, nuevas características y las recomendaciones de antes (el Kindle es horrible, el Sony Reader 2 thumbs up) necesitarían algo de revisión.
Hay una pregunta básica que ayuda a aclarar el panorama de opciones ¿Qué es un eBook reader?
Un eBook reader es un dispositivo diseñado principalmente para leer libros digitales y por tal motivo utiliza tecnología de tinta digital o e-ink para mostrar los textos en pantalla y permitir lecturas prolongadas sin cansar la vista.
De esto se deduce por ejemplo que el iPad NO ES un ebook reader. Claro que puede ser utilizado para leer libros digitales pero llegado el caso se puede usar un proyector conectado a una PC para leer un libro en la pared y el combo de proyector, PC y pared tampoco hacen un eBook reader.
Hoy en día, las opciones relevantes a la hora de considerar una compra de ebook readers son 4: Sony Reader, Nook, Kindle y Kobo.
Hay una diferencia principal entre Sony Reader y el resto. El primero es desarrollado por una firma de electrónica. Los demás son desarrollados por librerías o bien empresas que se dedican a varias cosas pero que consideran una prioridad vender sus libros.
No hay nada de malo en comprarle un eBook reader a una empresa cuyo objetivo principal es lucrar con la venta de eBooks mientras se cumplan dos condiciones: 1. El eBook reader sea de buena calidad 2. El eBook reader permita cargar libros propios en formato PDF fácilmente y sin cargo. Si se cumplen estas dos condiciones, de hecho incluso conviene comprar un eBook reader a una empresa que lucra con la venta de ebooks dado que seguramente parte del precio se encuentre subvencionado.
Para poder tomar una decisión sobre qué eBook reader conviene comprar es necesario tabular las características relevantes, o bien, como se decía en Floresta: comparar manzanas con manzanas.
Reader
Pantalla
Memoria
Wifi
3G
3G Argentina
Almacenamiento externo SD
Lectura de PDF
Destacados
Precio en EEUU
Kindle Wifi
6″
3GB
Sí
No
Si
No
Sí
Text To Speech, batería de 1 mes, browser web, diccionario
$139
Nook Wifi
6″
2GB
Sí
No
-
Sí
Sí
S.O. Android, pantalla subsidiaria color touchscreen,
diccionario, web, juegos, Twitter via Nookdev
$149
Sony Pocket
5″
512MB
No
No
-
No
Sí
$149
Kobo
6″
1GB
No
No
-
Sí
Sí
Conexión Bluetooth
$149.99
Sony Touch
6″
512MB
No
No
-
Sí
Sí
Pantalla Touchscreen permite marcar texto y tomar notas, diccionario
$169
Kindle
6″
3GB
Sí
Sí
Sí
No
Sí
Text To Speech, batería de 1 mes, browser web, diccionario
$189
Nook 3G Wifi
6″
2GB
Sí
Sí
No
Sí
Sí
S.O. Android, pantall subsidiaria color Touchscreen, diccionario,
web, juegos, Twitter via Nookdev
$199
Sony Daily
7″
1.6GB
No
Sí
No
Sí
Sí
Pantalla Touchscreen permite marcar texto y tomar notas, diccionario
$249
Ok, ya sé, viste la tabla y estás más perdido que antes. No sabés si las 5 pulgadas del Sony Pocket son suficientes, si necesitás 3G o almacenamiento externo SD.
Mi recomendación es comprar el Nook WiFi o el Kindle Wifi. Me gusta más Nook por el sistema operativo Android, la pantalla subsidiaria color donde es posible ver apreciado los book covers y por el lector de tarjetas externas SD pero Kindle Wifi podría andar bien también. Yo evitaría los dispositivos con Touchscreen en el sector de tinta digital dado que sacrifican calidad de lectura por una funcionalidad no excluyente.
Kobo y Sony Pocket no son malas opciones pero deberían bajar sus precios a $99 considerando sus características y los precios actuales de Kindle y Nook.
Antes del viaje a la gran Roda de Curitiba le hicimos una visita al otro grupo de Capoeira de Buenos Aires. Yo no sabía muy bien los entretelones pero aparentemente el mestre del otro grupo y el mío habían llegado a Buenos Aires en la misma época y entre ellos corría una vibración para nada positiva. Rivalidad localista, Rio versus Curitiba o algo así.
El otro grupo entrenaba en PH reciclado con ventanal sobre la calle Serrano, estaba lleno de turistas y de capoeiristas con muy buen nivel.
Llegamos el viernes a eso de las 8 y la roda recién empezaba. El mestre entró y jogó con varios de los alumnos más avanzados del otro grupo y se notaba que lo respetaban. Nosotros hicimos cola al pie de los instrumentos y fuimos entrando de a poco. Me tocó con un pibe sin graduación medio espástico. Lo peor para un capoeirista principiante es entrar con otro capoeirista principiante. Me alejé instintivamente y tiré un repertorio de patadas de Taekwondo indisimulables. Entonces me compraron el jogo. Me di vuelta y apareció jingando una mina fibrosa, estilo Sarah Connor en Terminator 2 Seguí haciendo lo mío pero al bajar de una bencao, Sarah Connor pegó un salto, me agarró el pie y me tiró de culo al piso. Se ve que era algo que esta mina hacía a menudo. Los compañeritos festejaron. Yo me paré, hice dos Jingas para chupar distancia y tiré unas diez patadas frontales. No le tiraba a pegar pero pasaban todas cerca y fuerte. Sarah Connor no podía hacer otra cosa que esquivar desesperada y torpe. Ahí apareció el grandote. Era un musculoso anabólico que salía con Sarah Connor, uno de los mejores alumnos del otro grupo. No puedo explicar bien cómo se dieron las cosas, solo sé que hubo poca Jinga, nada de acrobacia, que una de sus patadas me rozó, que dos patadas mías le entraron lindo y que un giro de él se estrelló contra la pared. Ahí nos compraron el jogo y aparecieron unos muñecos tratando de apaciguar los ánimos. Mi ánimo estaba perfecto. Al lado del Sipalki, eso era nada, menos que nada. Mis compañeros se animaron y le jogaron de igual a igual a varios capoeiristas del otro grupo, especialmente un anoréxico llamado Pablito y otro que perfilaba bien llamado Chako. Cuando salimos de ahí fuimos a comer algo a una Pizzería. El mestre estaba contentísimo. Esa noche había mostrado que estaba en camino y que tenía con qué.
Dos semanas más tarde nos encontramos en Ezeiza para ir a la Gran Roda de Curitiba. S…2 no veía y de hecho ya casi ni entrenaba. S…1 estaba pero ya no la veía atractiva ni deseable. Era una loquita peligrosa y muy usada. Las otras chicas daban ganas de sepultarlas con el peso de un atabaque y me sentí un poco deprimido, como me pasa siempre cuando no existe la posibilidad de una mujer. Entonces escuché que Chako decía “Qué raro, N… me dijo que venía” N… era una chica nueva, rubia, pelo corto carré, una carita preciosa. Me hubiera gustado tenerla cerca en ese viaje pero no vino y me subí al avión mirando acá y allá, buscando una posibilidad.
Primera parada en Curitiba, la casa de Sergipe. Sergipe era el mestre del mestre. Un tipo bajo, morrudo, muy inteligente. Contó anécdotas incorrectas, graciosas, sabias. Vi que mucha gente lo reverenciaba pero él le tenía un afecto especial a mi mestre. Escuchamos historias de Bimba y de Suassuna y vimos VHS de viejas rodas. Había un alumno de Sergipe en varios videos llamado Daniel que me impresionó por la irreverencia y la violencia. Por la tarde nos llevaron al gimnasio donde íbamos a dormir. Salimos a almorzar y por la tarde participamos de una clase. Era emocionante estar jingando ahí, con tipos tan grosos. La clase terminó y fueron llegando hordas de Capoeiristas de todo Brasil. Vi a varios que había seguido en los videos, incluido este tipo Daniel. El salón era grande y se armaron pequeñas rodas a un costado y al otro. No me alcanzaban los ojos para capturar todo. De un lado había un pelilargo trabado en JiuJitsu con un patovica. Del otro, dos flaquitos con el pelo oxigenado se metían a la roda con unos saltos que parecían clavados olímpicos. Al costado de la ventana, un viejo de 7000 años se movía por el piso como una víbora. Todo era berimbau, canciones, baile, patadas, percusión y nosotros, los argentinos, perdidos, estáticos en esa grandeza. Apareció un pibe de 10 años y me invitó a jogar y después otro pibe y después intercambiamos remeras como en un partido de fútbol. Nunca había hecho eso, pequeños jogos orbitando al costado de las rodas más grandes. De cada interacción me llevé algo, principalmente las pausas, los desplazamientos de piso bajos, reflexivos. Entendí que no era todo Jinga y patadas y acrobacias. Veía cosas que ni siquiera sabía que eran posibles, que desafiaban la lógica, la gravedad. Vi cuerpos de 100kg sostenidos por un pulgar, vi reflejos y mucha inteligencia, vi como cada uno adaptaba el jogo al rival y a las propias capacidades. Nos fuimos a dormir tarde, extasiados, extenuados. Al otro día fue la Gran Roda. Cambiamos más remeras, jogamos, filmamos, sacamos fotos. Miré y miré y entendí los códigos, los climas, copié mentalmente los estilos. Sabía que quería apuntar a la agresividad de Daniel y a los movimientos de un flaquito intocable que saltaba dos metros y caía como un gato y esquivaba las peores patadas metiéndose en el jogo del otro. Por la noche nos tiramos en las bolsas de dormir y al rato estaban todos durmiendo menos S…1 Me miró, me sonrío y me acerqué pero cuando la tuve encima me di cuenta de que no me gustaba y estaba transpirada y yo también y todo eso no iba para ningún lado.
Al tercer día se hizo un encuentro al aire libre. Llegamos por una explanada y había un brasilero tocando un pandeiro y cantando una canción que me resultaba conocida. Era Redemption Song de Marley. Sonaba de puta madre. La letra se reveló como una Polaroid. Al lado tenía a una morocha afro alta y hermosa. La miré, me miró y no tuve que agregar nada. Me acerqué y la agarré de la cintura. Estuve toda la tarde con ella, feliz, contandole cosas, respirando su piel. Nos despedimos a última hora y me dijo que iba a pasar por el gimnasio. No le creí y me entristeció ver como subía a un Fusca naranja.
A medianoche la piba – que a todo esto debía tener 16 años – apareció en el gimnasio. Subió las escaleras y nos tiramos sobre una pila de colchonetas. El sereno se hacía el que no miraba pero miraba y la piba estaba inquieta. Armé una pared de colchonetas y traté de seguir con lo mío pero no había caso. Me volví loco y consideré empujar al sereno por las escaleras o explicarle que en Buenos Aires no se veían cosas como esas todos los días. No pasó nada, una hora más tarde la piba se iba y me dejaba loco, insomne y alterado.
Volvimos a Buenos Aires y la diferencia se notaba. Todos los que habíamos viajado a Curitiba nos diferenciábamos por las remeras brasileras, por los nuevos movimientos, por la motivación y la obsesión por la Capoeira.
A las dos semanas, salí con N… y en todo parecía muy tímida pero se invitó sola a mi casa y resultó ser un polvo increíble. Quería más y más y me agarraba con las piernas. Yo había terminado hacía dos segundos pero no me dejaba salir y me empezó a pasar la lengua por los labios. Sentí un viento, un cambio de temperaturas y todo volvió a empezar.
A la otra semana, ahí estaba yo, muy confiado con mi posición, con mis capacidades, arriba en todos los sentidos cuando recibimos visita de un grupo callejero. Tenían remeras viejas y el pelo con rastas. La miré a N… y pensé que era una buena ocasión para mandarme la parte así que entré a jogar con un gordito de rastas y lo saqué de la roda con una patada lateral. El rasta volvió con cara de nada y yo traté de darle otra patada pero mi pie siguió de largo y el rasta desapareció de mi vista, al instante yo estaba flotando en el aire y pum, de culo al piso. Este pibe solía entrenar lucha grecorromana y finalmente se unió al grupo con el apodo de Tarantula y resultó ser uno de los capoeiristas más interesantes y efectivos que vi.
Yo todavía tenía mucho que aprender.
Ahí vinieron los bautizados, verde, amarillo, azul. Mejor técnica, mejores acrobacias. Más viajes, a Montevideo, a algunas provincias. Y un día la cosa se pinchó, eran las vacaciones, no había mucha gente, el mestre estaba desmotivado y nosotros también. Me fui al grupo rival.
Entré sin graduación, sin honores y con mucha gente a la que había pateado en las Rodas. Me sentía mal por esa época, eran tiempos de cambios, de despedidas. Mi perro había muerto, mi banda de rock se había separado, había cambiado un amigo por una mujer olvidable y todo explotó en la roda del grupo nuevo.
Entré a jogar con un pibe apodado El M… El clima empezó a subir y en lugar de aceptar mi posición le seguí el ritmo. El otro era mejor, más coordinado, más acrobacias pero a la hora de las patadas no tenía nada que hacer conmigo. Yo pegaba dos y él pegaba una. Lo arrinconé y entré con dos giros y una lateral. El veía que no iba a poder hacer nada y se me tiró encima para empezar con los agarramentos. Nunca me gustó el Jiu Jitsu. Tener a otro tipo encima apoyándote no va con mis principios. El M… me agarró y mientras caíamos al piso le metí una trompada en la cara. Pum. Un momento más tarde tenía a cinco capoeiristas tratando de comprar. No veía nada, no entendía nada. Traté de bajar las revoluciones pero ya era tarde. Me vinieron encima. Recibí cuatro trompadas, cinco patadas. La nariz me sangraba, las costillas me dolían y estaba ahí al medio de todos. Pararon la roda y me fui, humillado, vencido, sintiéndome un idiota, el peor.
Desde ahí mi historia en la Capoeira fue para abajo, inconstante, inconformista, agresivo, probando en un lugar y en otro, buscando ese clima de la primera vez y sospechando que nunca lo iba a volver a encontrar. Un par de veces, en la época de los viajes a EEUU, fui hasta la playa y jingé con el ruido del viento, recordando fragmentos, buenos momentos y pensando en poder escribir algo, alguna vez.
Me senté en un costado de la roda y sentí las miradas. El rumor había corrido, me la iban a dar y llevaba las de perder. El repartevolantes era más alto que yo y estaba más marcado. Cada uno tiene sus métodos para enfrentar el miedo. El mío siempre fue inmolarme. En lugar de refugiarme en los instrumentos o escaparme de ahí, compré el jogo de un pibe con graduación que siempre iba al contacto, te encerraba y te arrinconaba contra los instrumentos. Me fui desplazando con mi Jinga aparatosa, metí algunas acrobacias de piso y algunas patadas circulares y cuando el otro largó las meia luas de compaso yo aguanté arrodillado en cocorinha. Ni bien subió, me disparé como un resorte y le metí una Bencao frontal al pecho. Salió disparado y cayó de orto al piso. Ahí di vuelta la cara y lo miré al repartevolantes. No compró. Ni iba a comprar. La amenaza quedó en la nada. Lo miré al mestre. Me pareció que estaba conforme.
Esa misma noche me llamó S…2 Pensé que iba a estar enojada, que me iba a hablar del grupo, de la lealtad, de la fidelidad, de mi patada al graduado. Pero no dijo nada de eso y me preguntó si podía pasar por casa. Claro. Seguía el calor, plano, sofocante. Ella vino en minifalda de algodón. Se pegaba a las piernas y le marcaba la cola. Yo la miraba servir vodka en mi vaso y pensaba que no iba a aguantar. Se dio vuelta y me enfrentó “Veneno… ¿te gusta que te diga Veneno?” Una de esas preguntas que no necesita respuesta. Me acerqué, puse mis manos en sus piernas y subí la minifalda, necesitaba ver qué clase de bombacha llevaba puesta. Era eso nada más. Eso y la dejaba. Resultó ser una bombacha de algodón, suavecita, una de paisana bien, de nena de mamá. No pude, la subí a la mesa y empecé con eso que estuvo bueno, bueno y discreto porque ella no le contó a nadie, yo tampoco y la cosa marchaba.
El mestre trajo un día ese plan de viajar a la Gran Roda de Curitiba y me pareció zarpado pero me puse a tono, mejoraba rápido, ya no parecía Robocop. Sacaba las patadas sin desarmar la Jinga y tenía el Macaco para un lado y la vertical derechita. S…2 estaba estancada, había llegado a su techo en la Capoeira. Brillaba un poco con los primeros dos temas de Angola. Después no tenía mucho para aportar en la Roda.
Igual me gustaba y nos veíamos una vez por semana. Entonces Jason, un capoeirista norteamericano que vivía en un loft por San Telmo nos invitó al cumpleaños. S…2 quería bailar. Yo no bailo. Nunca. Me quedé en el sillón del piso de arriba, medio borracho y al lado tenía a esta morochita muy potable, pelo enjuagado con flores y bastante sola. Le hablé, le hablé y le comí la boquita. Abrí los ojos y estaba S…2, se había materializado en el piso de arriba, sin aviso. Casi traicionera. Que vamos, que me voy , hacé lo que quieras. Salimos y llovía, finito, molesto. Salimos con la camioneta Dacia y me paró un semáforo en la 9 de Julio. Ella me decía a los gritos “Por qué me boludeás” Qué pregunta jodida. No sé, no tengo idea, me aburro, no pienso, necesito ir para adelante. Le estaba por contestar. Entonces escuchamos el ruido. Un auto no podía frenar, el tipo trató pero se mandó una patinada Holiday On Ice y venía en zigzag para mi lado. Chau, es el fin, pensé. Pero entonces me di cuenta. Bastaba con meter primera y avanzar. Puse primera y me corrí. El auto pasó patinando. Parecía que iba a seguir hasta Libertador. Agarré Rivadavia. En la AM del Dacia estaban pasando una música clásica en acordes menores, satánicos y preferí el silencio y las gotas en el parabrisas.
La dejé en su casa y antes de bajar me dio un beso en la mejilla. Sus labios hicieron contacto con mi cara y me di cuenta de que ahí quedaba todo.
Antes de bajar me preguntó si iba a la Gran Roda de Curitiba.
Creo que conocí la Capoeira en alguno de mis viajes a Camboriú. Por aquel entonces yo ya había pasado por el Taekwondo WTF, el Karate Shotokan Rinaldi y era un paria del Sipalki. Entonces vi a estos tipos dar giros y tirar patadas al aire y me parecía una deslealtad, como una exhibición pactada para impresionar turistas. Y estaba tan encuadrado en la efectividad marcial que ni siquiera llegaba a ver la belleza de esa exhibición. Me ponía nervioso. ¿Pero por qué no le pega en los riñones? ¿Y esoooooo? ¿Vino Nadia Comaneci? Pero a mediados de los noventa algo hizo click y cuando escuché que estaban dando Capoeira en el Centro Cultural Rojas me tomé el subte B y fui a averiguar. En la entrada había un pibe morocho, fachero, repartiendo volantes de Capoeira. Le dije que justo había ido para averiguar pero él me advirtió que ya no daban más clases ahí y que tenía que ir a un gimnasio llamado Atenea, por Corrientes pasando Callao. Era un verso total y además el repartevolantes practicaba ahí mismo así que lo tomé como algo personal y desde ese momento lo tuve entre ojos. El primer día fue un bombardeo, una revolución, un shot de excitación. Entrenamos en un salón con el piso de madera, paredes de espejos, el sol entrando plano por los ventanales y los Berimbau sonando. Estaba lleno de mujeres y eran todas flacas, hippies, extranjeras, locas. El mestre se llamaba C…, era un pelado brasilero con la mordida invertida y una mirada inteligente, desconfiada. No me dio mucha bola, puso a un pibe de 12 años a enseñarme la Jinga, que es el primer paso en la Capoeira. Consiste en un desplazamiento alternado hacia atrás del peso del cuerpo a ritmo con la música. Estuve una semana con la Jinga y cuando pude automatizar los movimientos me mostraron las patadas. El mestre estaba sentado en el fondo y cuando largué el primer giro se paró y se acercó. Quería saber quién era, que artes marciales había practicado. Lo despachó al pibe de 12 y me hizo algunas observaciones. Yo no podía entender su entusiasmo. Todos tenían gracia y se desplazaban al ritmo de la música. Yo en comparación era un Robocop ridículo y fuera de lugar. El sábado al mediodía hacían algo llamado “La Roda” ¿Vas a venir a La Roda? Me preguntaban las chicas. Claro. La Roda resultó ser lo mejor de todo. En lugar de música grabada, tocaban percusión en vivo y cantaban una tirada de temas con distintos ritmos y velocidades. Al medio de la ronda, iban pasando de a dos y hacían unas cosas increíbles. Ya podía entender que los movimientos no estaban pactados, eran conversaciones coreográficas, eran pequeños fragmentos de peleas, eran acrobacias sutiles ajustadas a la música. Yo aplaudía y tenía los ojos bien abiertos, tratando de capturar todo. Al otro lado de la ronda había una chica que me miraba fijo. Se llamaba S…1, era morocha, tenía la voz ronca y su mirada era toda intriga. Por un momento me pareció que su mirada era también posibilidades pero después la vi colgada a los brazos del repartevolantes y me olvidé del tema. Fui y volví y volví y me acuerdo caminar por los pasillos de la Universidad de La Matanza pensando en la Jinga, cantando canciones de Capoeira. No me costó integrarme al grupo. Después de todo tenía varias a mi favor: hablaba portugués, podía pegar muchas patadas desde cualquier posición, sabía cantar y aguantaba estoico la ridiculez de mi Jinga. Al mes se acercó una de las chicas, llamémosla S…2. Era una rulosa flaquita con una cola enfermante. Me preguntó si iba a ir el domingo a la Costanera. Le pregunté para qué. “Capoeira” respondió sorprendida. Fui y me encontré con 10 capoeiristas de poca experiencia tratando de armar clima con una pandereta. La gente se juntaba para ver y yo no estaba listo para hacer mi numerito Robocop en público. Cuando volvíamos me puse a hablar con S…2. Era paisana, vivía en Caballito y además de la cola enfermante, su mirada edulcorada de fondo triste me pudo. Contó que había estado saliendo con el mestre pero que la cosa no iba para más. La dejé en la puerta del departamento y ella se balanceaba con una mochilita colgada y en uno de los va y viene casi la agarré y le comí la boca pero tuve la prudencia de evitar a la mina del mestre.
Prácticamente todos tenían apodos. Eso me gustaba porque yo siempre había tenido problemas para identificar a los Diegos, Jorges y ni que hablar de las Rominas y Carolinas. Entonces ahí tratabas con La Negra, Soldado, Tapir, El Doc, Chaco y así. Los apodos surgían naturalmente. Si tenías suerte y le caías bien al mestre te podía tocar un buen apodo y sino, bueno, ya comenté lo de Tapir. Mi apodo surgió un día en el vestuario. Nos estábamos cambiando y había empezado a venir un maracaibo, más interesado en la danza cuerpo a cuerpo que en todo lo demás. Yo empecé a contar un chiste del estilo “Había un argentino fanfarrón, un enano dotado, un gordo puto y un…” El maracaibo dijo “Este se muerde la lengua y se muere” El mestre entonces se paró y dijo “Venenu” (así lo pronunciaba) Con el tiempo el apodo me ayudó – una cosa era enfrentarte a Tapir y otra a Veneno – Las capoeiristas a todo esto me estaban volviendo loco. Tenía a S…1, concubina del protegido repartevolantes y a S…2, la novia del mestre o la ex según ella. Salíamos y tomábamos cerveza y yo loco, afiebrado por tenerlas tan cerca y no poder hacer nada. Resultó que el repartevolantes un día llegó borracho a su casa y le pegó un par de trompazos a S…1 y S…1 me llamó por teléfono temblando de miedo. La pasé a buscar con la camioneta Dacia de la fábrica de mi vieja y resultó que no habían sido trompadas sino cachetazos y al parecer leves porque tenía la cara en perfectas condiciones. La llevé al Bar De La Cortada en Flores y me contó esto y aquello. Era profesora de francés y después de la primera cerveza le pedí traducción de algunas frases al oído. Entonces la suma de ventiladores y aires y lámparas incandescentes cortó la luz en todo el barrio, salimos del bar y caminamos dos cuadras hasta mi departamento. Ahí subimos los cinco pisos por escalera. Llegamos transpirados y alterados. Me acuerdo que era blanquita y lampiña y que quería coger sin forro pero ya me había llegado el rumor de que el mestre también se la había cepillado así que saqué una cajita de Camaleón – éramos tan pobres -, la puse en cuatro y mientras entraba procuré recordar específicamente ese día, el novio engañándome con los volantes. En la semana no me crucé con S…1 ni con el repartevolantes y el sábado cuando llegué a la Roda, el mestre salió a mi encuentro. Me dijo “Venenu… oi a cobra lhe morde” Yo que en portugués iba bien pero no tanto en metáforas le repregunté. Ahí me señaló al repartevolantes y entendí todo. Estaba por correr sangre. (Continuará…)
Usar remeras cuello mao solucionaría el problema de antena del Iphone 4
Apple lanzó en junio pasado el iPhone 4 bajo el slogan “This changes everything. Again” Entre los cambios se encontraban: la posibilidad de utilizar multitarea, mejor tecnología de pantalla, grabación de video HD y un cambio de diseño. No sé si esas tres pedorradas eran suficientes para justificar el slogan – this changes… bla bla – pero igualmente los Mac Bolú sacaron la billetera en masa y desembolsaron cientos de dólares para comprar sus iPhone 4 .
Los Mac Bolú pronto descubrieron que los nuevos teléfonos tenían un leve inconveniente: las llamadas se cortaban sin motivos aparentes. Y se quejaron. Después de todo si compraron un iPhone lo menos que podían esperar era que la parte del phone funcione. Resultó que el problema estaba relacionado al (mal) diseño de la antena.
Después de muchos días de incertidumbre apareció Steve Jobs vestido de actor del teatro negro de Praga para hacer varios anuncios:
1. Hay otros teléfonos que también tienen problemas con sus antenas.
2. Apple puso a sus empleados a “romperse el culo” o “working their butts off” para encontrar una solución al problema de antena del iPhone 4.
3. La solución que encontraron fue empotrar al iPhone 4 en una carcasa de goma. Este procedimiento es también conocido en los ambientes tecnológicos como “engomamiento”
4. El anuncio 3 no es un chiste.
Steve Jobs agregó que solo el 0.55% de los compradores del iPhone 4 llamaron al AppleCare para quejarse por la antena. El 99.45% restante no pudo establecer su comunicación debido justamente a problemas con la antena.